Hace una semana que salió el sol, pero yo sigo con el paraguas en la mano, esperando que pase el chaparrón. Me quemas, me abrasas en cada calle de Toledo. Y hacerme la dura no es inversamente proporcional a los sentimientos que anidan en mi interior. Para mi desgracia. Yo creí que mi único miedo era descubrir que no eras tan buen saltador olímpico, y por eso puse todo mi empeño en disminuir la altura de los obstáculos. Ahora que ya lo sé, me doy cuenta de que mi miedo era otro bien distinto: afrontar la primavera sin ti.
Conocer los antecedentes no cuenta como ventaja en un juego en el que tienes todas las de perder. Qué quieres que te diga. Desde el principio me pareció que nuestra historia superaba cualquier guión de película romántica. Un conjunto de casualidades me convencieron de que no existen las coincidencias. No contigo. Desde el primer día supe que todo lo que tuviera que ver contigo sería especial. Único e irrepetible. Puede que por eso ahora no encuentre la salida a este laberinto en el que me he metido yo sola. Conforme pasaban los días, más señales nos daba el mundo de que lo nuestro estaba escrito en las estrellas. Con o sin final feliz. Tuviste que pasarme para empezar a creer en el destino. Y ahora tengo que hacer oídos sordos a todo cuanto asimilé para volver a la dura realidad, y darme cuenta de que los cuentos de hadas no existen. Que por muy increíbles que fueran nuestras circunstancias, fechas, lugares, momentos y silencios, no nos salvó de desgastarte entre tanta lluvia.
Lo leí, y es exactamente lo que quería decir hoy.
Amanda.
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